Cuando un personaje toma una decisión que tú nunca tomarías
Escribir también consiste en saber cuándo dejar de proteger a un personaje y permitir que tome la peor decisión posible.
No la decisión que tomarías tú.
No la más sensata.
No la que te gustaría defender delante de nadie.
La que tomaría él.
Uno de los errores más fáciles al crear personajes de ficción es convertirlos, casi sin darnos cuenta, en extensiones de nuestros propios principios. Queremos que actúen con una lógica que compartimos, que aprendan a tiempo, que reconozcan sus errores o que elijan aquello que nosotros consideraríamos correcto.
Pero los personajes no están ahí para representarnos moralmente.
Están ahí para ser coherentes consigo mismos.
Y esa diferencia es enorme.
Un personaje puede saber que una relación le hace daño y regresar a ella. Puede mentir cuando decir la verdad solucionaría prácticamente todo. Puede traicionar a alguien que quiere, elegir por miedo, actuar por orgullo o destruir exactamente aquello que lleva toda la historia intentando conseguir.
Desde fuera, quizá resulte desesperante.
Narrativamente, puede ser perfecto.
Porque una buena decisión no siempre es una buena decisión dramática.
Las personas reales tampoco actuamos siguiendo permanentemente nuestros mejores intereses. Tenemos heridas, prejuicios, miedos, deseos contradictorios y formas muy sofisticadas de justificar aquello que queremos hacer.
¿Por qué nuestros personajes iban a ser más sensatos que nosotros?
Cuando desarrollamos un personaje, no basta con preguntarnos qué quiere. También necesitamos saber qué parte de sí mismo puede impedirle conseguirlo. Ahí suelen aparecer algunas de las decisiones más interesantes.
Tal vez necesita pedir ayuda, pero lleva toda la vida confundiendo vulnerabilidad con debilidad. Tal vez debería marcharse, pero el miedo a quedarse solo pesa más que el daño que está recibiendo. Tal vez sabe que decir la verdad sería lo correcto, pero hacerlo significaría perder aquello que más desea.
En ese momento el conflicto deja de venir únicamente del exterior.
El propio personaje se convierte en uno de los obstáculos de su historia.
Y eso resulta profundamente humano.
Como guionistas podemos sentir la tentación de protegerlo. Sabemos que una determinada decisión va a traerle consecuencias terribles. Incluso podemos ver la solución perfecta unas páginas antes.
Pero si esa solución exige que el personaje se comporte como alguien que todavía no es, estaremos resolviendo el problema nosotros por él.
Y probablemente debilitando la historia.
Los personajes necesitan tener derecho a equivocarse.
A veces incluso necesitan cometer exactamente el error del que llevamos todo el guion intentando salvarlos.
Porque las consecuencias de esa decisión pueden obligarlos finalmente a enfrentarse a aquello que llevan evitando desde el principio.
Ahí aparece la transformación.
Escribir personajes implica, por tanto, una especie de separación incómoda entre creador y criatura. Puedes comprenderlos sin justificar todo lo que hacen. Puedes quererlos sin estar de acuerdo con ellos.
De hecho, probablemente sea necesario.
Porque cada personaje tiene su propia historia, aunque no comparta nuestros principios.
Y quizá una de las señales de que realmente hemos conseguido construirlo sea precisamente esa: cuando hace algo que nosotros jamás haríamos… y, aun así, sabemos exactamente por qué él sí.
ML
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