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Cuando un personaje toma una decisión que tú nunca tomarías

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Escribir también consiste en saber cuándo dejar de proteger a un personaje y permitir que tome la peor decisión posible. No la decisión que tomarías tú. No la más sensata. No la que te gustaría defender delante de nadie. La que tomaría él. Uno de los errores más fáciles al crear personajes de ficción es convertirlos, casi sin darnos cuenta, en extensiones de nuestros propios principios. Queremos que actúen con una lógica que compartimos, que aprendan a tiempo, que reconozcan sus errores o que elijan aquello que nosotros consideraríamos correcto. Pero los personajes no están ahí para representarnos moralmente. Están ahí para ser coherentes consigo mismos. Y esa diferencia es enorme. Un personaje puede saber que una relación le hace daño y regresar a ella. Puede mentir cuando decir la verdad solucionaría prácticamente todo. Puede traicionar a alguien que quiere, elegir por miedo, actuar por orgullo o destruir exactamente aquello que lleva toda la historia intentando conseguir. Desde fue...

Cuando un personaje deja de ser una idea y empieza a sentirse real

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  Una de las cosas que más me fascina de crear personajes es inventarme personas que no existen y acabar preocupándome por ellas como si fueran familia. Al principio, un personaje suele ser poco más que una intuición. Una edad. Una profesión. Una forma de hablar. Un miedo. Una herida. Una contradicción que parece interesante. Quizá una imagen muy concreta: alguien sentado en una cocina de madrugada, una mujer que entra en una habitación sabiendo que va a mentir, un hombre incapaz de pedir perdón aunque lo necesite. Todavía no es una persona. Es material. Pero poco a poco ocurre algo extraño. Empiezas a hacerte preguntas sobre ese personaje y, casi sin darte cuenta, dejas de buscar respuestas útiles para la trama y empiezas a buscar respuestas coherentes con él. ¿Qué haría realmente en esta situación?  ¿Diría lo que siente o lo escondería? ¿Se marcharía o se quedaría? ¿Perdonaría? ¿Mentiría? ¿Sería capaz de hacer daño para proteger algo que ama? Ahí empieza, para mí, la parte r...

De una idea en tu cabeza a un proyecto en el que otros creen

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Todo proyecto creativo empieza de una forma bastante poco espectacular: con alguien pensando demasiado en algo que todavía no existe. Una imagen. Una escena. Una pregunta. Un personaje. Una historia que aparece mientras conduces, haces la compra o intentas dormir. Durante un tiempo, el proyecto solo vive dentro de tu cabeza . Tú sabes cómo podría sentirse, qué quieres contar y por qué merece la pena hacerlo, pero para el resto del mundo todavía no es nada. Y ahí empieza una de las partes más difíciles de cualquier proceso creativo : conseguir que otros puedan ver aquello que tú llevas tiempo viendo. Porque tener una buena idea no basta. En cine, televisión o cualquier proyecto que necesite equipo, financiación y colaboración, llega un momento en que tienes que transformar una intuición personal en algo que otras personas quieran hacer suyo. Primero quizá se lo cuentas a alguien cercano. Después llega un productor, un actor, un director de fotografía, una plataforma, un inversor o todo ...

Mi adiós a 2025

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Hay momentos en los que no pasa nada hacia fuera, pero todo se está ordenando por dentro. Este ha sido uno de esos años. Un año de foco, de paciencia y de decisiones silenciosas. De entender qué merece mi energía y qué no. De aceptar que algunos procesos no se aceleran, y que crear —en la vida y en el trabajo— también consiste en saber esperar. He escrito mucho. He pensado más. He aprendido a no mostrarlo todo mientras sucede, sino a sostenerlo hasta que esté listo. No ha sido un año de exhibición, sino de construcción. Todo lo importante que estoy viviendo ahora no se mide en resultados inmediatos, sino en cimientos. Cimientos personales. Cimientos creativos. Cimientos vitales. Por eso no siento la necesidad de cerrar el año con grandes titulares, ni de anunciar nada antes de tiempo. Prefiero quedarme en este lugar tranquilo desde el que todo empieza a alinearse. No tengo prisa. Pero sí rumbo. Y a veces, eso es exactamente lo que hace falta. ML

Día Mundial de la Televisión: el eco de las historias que nos acompañan

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La televisión ha cambiado mil veces de rostro. Pasó de los muebles de madera con antena a las pantallas que caben en la palma de la mano. De los grandes eventos familiares a las historias que cada uno ve en soledad. Y aun así, algo sigue igual: la televisión continúa siendo un espejo de nuestras emociones. También informa, entretiene y conecta. Nos cuenta lo que ocurre en el mundo, nos da compañía cuando la casa está en silencio, y nos regala momentos que, sin darnos cuenta, se quedan grabados en la memoria colectiva. He crecido entre programas, informativos, series, concursos y películas. Todos, a su manera, formaron parte de mi educación emocional. A veces pienso que el cine me enseñó a soñar, pero la televisión me enseñó a mirar la vida . Como guionista y creadora, sigo creyendo que detrás de cada formato —un telediario, una serie o un programa de humor— hay algo que nos une: el deseo de contar historias . Historias que nos hagan sentir, entender, reír o recordar quiénes fuimos ...

Halloween: El miedo como espejo

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El miedo tiene algo de espejo . No muestra lo que somos, sino lo que evitamos mirar. Cada historia de terror —por pequeña que sea— es un intento de ponerle forma a lo invisible. A veces, cuando escribo escenas que dan miedo, no pienso en fantasmas ni sombras. Pienso en esas cosas reales que nos persiguen sin hacer ruido: la culpa, la pérdida, el arrepentimiento. Hace un tiempo escribí una historia de Halloween . Se llama La llamada de las 3:16 . Nació como una ficción breve, pero terminó recordándome por qué escribo: para entender lo que no me atrevo a decir. Porque el miedo, cuando se escribe, deja de asustar. 🌙 Marian Lorenzo 🎬 Guionista y creadora de ficción para cine y televisión

Cuando una historia deja de ser solo un guion

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Hay un momento en el que la historia que escribiste deja de pertenecer solo al papel. Ese instante en el que el guion se convierte en algo más: un universo en construcción, una emoción que empieza a tener cuerpo, una voz que ya no solo escuchas tú . Como guionista, paso muchas horas imaginando , reescribiendo, afinando cada frase hasta que respira por sí sola. Pero llega un punto en el que las palabras, por sí mismas, ya no bastan. Necesitan luz, color, movimiento. Necesitan un plano, un silencio, una mirada. Ese paso —el de ver cómo una historia empieza a transformarse en película, serie, spot...— es algo difícil de explicar. No es solo un proceso técnico, ni una lista de tareas de producción: es un viaje emocional . Porque rodar significa volver a mirar lo que escribiste, pero con los ojos de todos los que van a hacerlo realidad. Y ahí, justo ahí, la historia deja de ser tuya para convertirse en algo compartido. Cada plano, cada decisión, cada pequeño gesto detrás de cámara ...