Cuando el espectador siente antes de que el personaje hable


Uno de los mayores retos al escribir ficción es resistir la tentación de explicarlo todo.

Sabemos qué siente el personaje.

Sabemos por qué lo siente.

Sabemos de dónde viene su miedo, qué herida está intentando esconder y qué necesita escuchar.

Y precisamente porque nosotros lo sabemos, a veces queremos asegurarnos de que el espectador también lo entienda.

Entonces llegan las frases demasiado claras.

Los diálogos que verbalizan exactamente lo que ocurre.

Las escenas en las que el personaje explica su estado emocional con una precisión que rara vez tenemos en la vida real.

El problema es que entender una emoción y sentirla no son exactamente lo mismo.

Y la ficción funciona mucho mejor cuando consigue primero lo segundo.

Un personaje no necesita decir “tengo miedo de perderte” para que entendamos que está aterrorizado ante esa posibilidad.

Puede cambiar de tema.

Puede preparar dos cafés aunque sabe que la otra persona se marchará antes de terminarlos.

Puede recoger una prenda olvidada y dejarla exactamente donde estaba.

Puede decir “haz lo que quieras” mientras hace todo lo posible para que la otra persona no cruce esa puerta.

Ahí empieza el verdadero trabajo de escribir emociones.

No en nombrarlas.

En construirlas.

Porque las personas tampoco vivimos explicándonos constantemente lo que sentimos.

A menudo hacemos exactamente lo contrario.

Ocultamos.

Evitamos.

Mentimos.

Hacemos bromas cuando estamos incómodos.

Nos enfadamos cuando en realidad estamos asustados.

Decimos que algo no importa cuando nos importa demasiado.

Y ese espacio entre lo que alguien siente y lo que permite que los demás vean es uno de los territorios más interesantes de la construcción de personajes.

Ahí vive el subtexto.

Un buen diálogo no siempre dice lo importante.

A veces lo rodea.

Y cuanto mejor conocemos al personaje, más podemos jugar con esa distancia entre sus palabras y su verdad.

El espectador no necesita recibir toda la información emocional de forma explícita. Necesita tener suficientes elementos para descubrirla.

Una mirada que dura demasiado.

Una respuesta que llega demasiado rápido.

Un silencio donde esperábamos una frase.

Una decisión aparentemente pequeña que sabemos que cuesta muchísimo tomar.

Esas cosas permiten que el público participe.

No se limita a recibir una explicación.

Interpreta.

Completa.

Siente.

Y cuando alguien descubre por sí mismo lo que está ocurriendo dentro de un personaje, la emoción suele resultar mucho más poderosa.

Eso no significa que los personajes nunca deban hablar de lo que sienten.

Claro que deben hacerlo.

Hay escenas en las que verbalizar algo que llevaba toda la historia oculto puede ser precisamente el clímax emocional que estábamos esperando.

Pero esa frase funciona porque antes hemos construido todo aquello que la hace necesaria.

La emoción no nace de la frase. La frase recoge una emoción que ya estaba allí.

Por eso, cuando una escena empieza a sentirse demasiado explicativa, quizá la solución no sea buscar una forma mejor de decir lo mismo.

Quizá sea preguntarse cuánto podemos quitar.

Qué puede expresarse mediante una acción.

Qué puede quedar suspendido en un silencio.

Qué información ya conoce el espectador sin que nadie tenga que repetirla.

Porque escribir no consiste únicamente en conseguir que el público comprenda a nuestros personajes.

Consiste en lograr algo bastante más difícil.

Que los sienta.

Y, si lo hemos hecho bien, muchas veces ocurrirá antes incluso de que ellos mismos sean capaces de decir en voz alta qué les está pasando.

ML

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