Seguir adelante cuando todavía no sabes exactamente cómo hacerlo
Hay proyectos que nacen con una claridad casi sospechosa.
Sabes qué quieres contar, cómo quieres contarlo y hacia dónde tiene que ir cada pieza. Las decisiones parecen encajar con naturalidad y el proceso avanza con una sensación bastante agradable de control.
Y luego están los otros.
Los proyectos que empiezan con una intuición poderosa, una imagen, un personaje o una premisa que te obsesiona, pero que se resisten a convertirse en una historia completa.
No sabes exactamente qué les falta.
No sabes todavía cómo resolverlos.
Y, aun así, hay algo en ellos que te impide soltarlos.
Esa obstinación también forma parte del proceso creativo.
Porque crear no consiste únicamente en ejecutar una idea que ya entendemos por completo. Muchas veces consiste en trabajar hasta entender qué estamos intentando hacer.
Ahí aparece una diferencia importante entre tener dificultades y estar ante un proyecto equivocado.
No todo lo que cuesta merece ser abandonado.
A veces un guion se bloquea porque la estructura todavía no está bien planteada. Otras veces porque el protagonista no desea algo con suficiente fuerza. Quizá hemos empezado demasiado pronto, quizá estamos contando la historia desde el punto de vista equivocado o quizá existe una escena que llevamos semanas intentando salvar cuando, en realidad, tendríamos que eliminarla.
El problema es que durante el proceso no siempre sabemos cuál de todas esas cosas está ocurriendo.
Por eso la persistencia creativa no consiste simplemente en seguir escribiendo páginas.
Consiste en seguir haciéndose preguntas.
¿Qué es realmente esta historia?
¿Qué quiero que experimente el espectador?
¿Por qué sigo volviendo a esta idea?
¿Qué parte funciona y qué parte estoy intentando obligar a funcionar?
A veces avanzar significa escribir.
Otras veces significa borrar.
Volver atrás.
Cambiar una decisión que parecía intocable.
Dejar el proyecto unos días y regresar con distancia.
Incluso admitir que aquello que pensabas que era el corazón de la historia solo era la puerta por la que habías entrado.
Y ahí es donde el trabajo creativo puede resultar especialmente frustrante: no existe un mapa que garantice que vas en la dirección correcta.
Puedes tener herramientas, experiencia y método. Todo ayuda. Pero cada historia plantea problemas nuevos y no siempre existe una fórmula capaz de resolverlos.
Hay momentos en los que solo queda investigar el propio proyecto.
Probar.
Equivocarse.
Volver a probar.
Hasta que una decisión desbloquea otra y aquello que parecía un conjunto de piezas inconexas empieza a revelar su forma.
Ese momento es una de las razones por las que merece la pena insistir.
No porque todos los proyectos deban terminarse a cualquier precio. También hay que saber cuándo una idea no da más de sí.
Pero algunos proyectos permanecen porque contienen algo que todavía no hemos conseguido alcanzar.
Y quizá el verdadero trabajo consiste precisamente en descubrir qué es.
No siempre avanzamos porque sepamos exactamente lo que estamos haciendo.
A veces avanzamos porque sabemos que todavía hay algo allí que merece la pena encontrar.
Y nos negamos a abandonar la búsqueda antes de haberlo descubierto.
ML
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